Atrapado sin salida

Hace años atrás, un camionero me contó, que una vela y una lata de duraznos vacía, le habían salvado la vida. Que podría haber muerto por congelamiento una noche en la cabina de su camión, cuando debió detenerse a causa de una intensa nevada, que lo sorprendió regresando a Buenos Aires desde Río Grande, a la altura de la provincia de Río Negro.

Bajando apenas la ventanilla y a través de una ranura, el hombre se las ingenió, para introducir en la nieve, una varilla de caña, con un trapo rojo atado a la punta. Empujó con fuerza hacía arriba y al emerger el trapo rojo en la superficie, por el hueco hecho en la nieve con la caña, se filtró un vivificante aire puro. Prendió entonces la vela dentro de la lata y ésta, al calentarse, le proporcionó el calor indispensable, para no morir de hipotermia dentro del camión.

La historia que les contaré ahora amigos, sucedió un mes de julio de los 90′, en el Hotel Catedral de Bariloche. A media mañana de un espléndido día soleado, subí por Lado Bueno al Cerro Catedral a esquiar. En una de las bajadas de Punta Nevada a La Hoya,  paré en El Barrilete, para saludar a mis amigos Pablo Taubenschaub, Lucas e Ismael Alcacer, concesionarios del refugio.

Carolina Fauve RRPP del hotel, que se encontraba almorzando allí con Valeria Mazza y varias chicas de Dotto Models, me presentó a Abdul Al Rawahi, con quien entablé una instantánea amistad. (en la foto que adjunto se me puede ver con Pablo, Carolina y «Abdulito» jajajajajaja como bautizó cariñosamente al Sultán, el siempre muy ocurrente Pancho Dotto). Entre subidas y bajadas, entré y salí del Barrilete, montones de veces ese día, hasta que a las seis de la tarde, ya cansado de esquiar, decidí bajar directo a la base.

Donald con el sultán en Bariloche, según refleja una revista de la época.

Al entrar al hotel, en conserjería me informaron que durante las próximas dos semanas, me alojaría con mi familia (que llegaba al día siguiente), en un departamento de tres dormitorios, que quedaba detrás del hotel.

Mi valija ya había sido trasladada al departamento, por lo cual, como estaba frío afuera, me quedé charlando en el lobby con unos huéspedes alemanes recién llegados y posteriormente saboreando con ellos un espirituoso pisco sour en el bar del living.

Después cenamos en el gran comedor del fondo y perdí noción de la hora. Cuando quise acordarme, se habían hecho como las doce de la noche. Me despedí de los dos hermanos alemanes y me dirigí a mis nuevos aposentos. Al instante de trasponer la puerta que daba al exterior, recibí un cachetazo de frío cortante en la cara como no había recibido nunca en mi vida…y ahí, en ese mismo instante, debería haber pegado media vuelta sobre mis talones y entrado de nuevo al hotel…pero no lo hice.

El bien calefaccionado living del hotel estaba repleto de sillones y podría perfectamente haberme tirado en uno de ellos a pasar la noche entera ahí, bien calentito, pero no, tonto de mí, salí del hotel y me dirigí hacia el departamento asignado. Era tal el frío que hacía esa noche, que los escalones externos, tanto del hotel como del apart hotel, estaban cubiertos de hielo.

Con dificultad, aferrándome a las barandas, trepé al primer piso y al entrar al departamento, me di cuenta que adentro hacía más frío que afuera. En medio de una nube de vapor, provocada por mí propio aliento, abrí la valija depositada en la sala y saqué la campera de esquí más abrigada que tenía. Con dificultad, me la calcé sobre el mameluco de esquí que llevaba puesto desde la mañana. Junté frazadas de cuatro camas y las apilé sobre la cama camera del cuarto matrimonial.

Me metí vestido entre las sábanas heladas, debajo de la pila de frazadas, y con las botas de gamuza forradas en piel, puestas. Temblando de frío durante más de media hora, le recé a Jesús, a la Virgen y a nuestro Padre Celestial, soñando al mismo tiempo, con la llegada sanos y salvos, a la mañana siguiente de Vero y los chicos…y con lo bien que la pasaríamos juntos esos quince días. Cuando menos lo pensaba me quedé completamente dormido. Recuerdo que soñé con lo contentos que se ponían Vero y los chicos, al ver el departamento tan lindo que había puesto a nuestra disposición Guillermo Stegmann, el dueño del hotel.

A las 8 de la mañana me desperté TIRITANDO…el frío era insoportable. Pegué un salto de la cama y al acercarme a la ventana para mirar hacia afuera, vi que en el vidrio, del lado de adentro, había dos dedos de hielo pegados en él. Una cosa de locos…¡había dormido en un inmenso iglú!

Quise irme, dejar el gélido departamento, pero…al intentar salir del iglú y encaminarme al comedor del hotel, la cerradura de la puerta de entrada del departamento se trabó y no pude salir. Al borde de un ataque de nervios, llamé a mantenimiento. Ahí me explicaron que me rescatarían en aproximadamente dos horas. Durante la noche la temperatura había descendido a 21 grados bajo cero y las cañerías del agua y la calefacción se habían congelado. Tenían varios rescates en curso.

Afortunadamente, el sol matutino derritió el hielo, todo volvió la normalidad y al mediodía cuando llegaron Vero y los chicos, el espectacular departamento estaba esperándolos…bien bien calentito. Disfruté junto a ellos, dos semanas de vacaciones de invierno de película. Una vez más, Jesús había escuchado mis ruegos y mi sueño se hizo realidad…GRACIAS JESÚS.

Tiritando

Acorde a este relato, nada mejor que evocar este clásico mayúsculo de su repertorio, que hoy obsequia a los lectores de Tres Páginas.

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